Dra. Mª Isabel Navarro


- Psicoterapia positiva -

Doctora en Medicina | Doctorado en Salud Comunitaria: “Psicología de la Salud” | Master en Gerontología y Salud
Psicoterapia Positiva / Psicoanálisis / Trastornos del Sueño / Hipnosis Clínica / Coach Personal (Entrenadora personal de vida)
     (Colegiado nº: 03030-7445)
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La elección del psicoanálisis

La elección del psicoanálisis: #el diván del psicoanalista

Una persona tumbada en un diván va diciendo todo lo que va surgiendo en su mente. Otra persona sentada detrás, fuera de su campo visual, escucha con atención. Esta escena nos hace pensar en el psicoanálisis, pero ¿qué función tiene ese “diván”? ¿Por qué un mueble es asociado a la exploración de los rincones más inaccesibles de nuestra mente?.

Todo comenzó cuando un paciente de Freud le regaló un diván como muestra de su agradecimiento. En la época de Freud éste mueble era muy habitual en los ambientes de las clases adineradas. El lo colocó en su consulta y por casualidad descubrió que el pensamiento de los pacientes en posición horizontal fluía mucho más fácilmente.

Y así hasta nuestros días el “diván” es considerado como un recurso terapéutico que puede favorecer enormemente un tratamiento psicoanalítico, aunque no es aplicable a todos los casos. Hay pacientes que les va mejor el cara a cara y a otros que les va mejor tumbarse en el diván.

El “diván” del psicoanalista es mucho más que un sillón cómodo y relajante. Cuando una persona permanece acostada, su actividad motriz se para. Su atención no se dirige a sus acciones y se centra en su propio pensamiento. Para pensar profundamente hay que detenerse. Suspender toda acción favorece la reflexión. Una persona piensa más y mejor si deja de moverse. De hecho las actividades, el movimiento, la acción son estrategias que todos utilizamos para huir de nuestros pensamientos.

Al estar acostada una persona se sitúa en situación parecida a la del sueño o las ensoñaciones, por lo que el pensamiento comienza a divagar más libremente. El pensamiento se desliza fácil, el lenguaje también se vuelve más libre, y la persona se va encontrando con aspectos hasta entonces desconocidos de sí misma. Estos descubrimientos producen un gran alivio, son liberadores y curativos.

Mientras el paciente permanece acostado, el psicoanalista se sitúa detrás de él, fuera del alcance de su mirada. Cuando estamos cara a cara es muy difícil evitar la tentación de buscar en el rostro de nuestro interlocutor señales de aprobación o desaprobación. Muchas veces los gestos de nuestro interlocutor, aún los más mínimos, pueden restringir nuestro pensamiento, y esas señales de aprobación o desaprobación acaban convirtiéndose en una guía que indica qué camino pueden seguir o no nuestras ideas. La mirada del otro es un espejo del que esperamos reconocimiento, y si se espera con demasiada ansia nuestra libertad de expresión se ve interferida. Por eso el psicoanalista se ubica detrás, fuera del perímetro visual del paciente, para que éste, liberado del peso de la mirada pueda hablar más libremente.

Que alguien sea invitado a hablar libremente, a decir todo lo que piensa, es una propuesta que sólo el psicoanalista hace. No hay ningún otro espacio en el que se nos permita decir sin ningún tipo de censura todo aquello que pasa por nuestra cabeza. Únicamente ante un psicoanalista recibiremos tan sorpresiva invitación: la de decir todo aquello que acuda a nuestra mente.

- Dra. Mª Isabel Navarro -
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